Luis García Guerrero, pintor guanajuatense La prístina esencial de lo representado

Amelia Chávez Padilla

Directora

 

Museo de Arte e Historia de Guanajuato

 

Guanajuato, situado en el centro del país en una región conocida como el Bajío, ha destacado a lo largo de su historia por ser un espacio cuya belleza invita a visitarlo, tanto por su riqueza natural como cultural. Su pasado histórico se remonta a la época prehispánica considerando que albergó uno de los pueblos más importantes cuya cultura, conocida como Chupícuaro, produjo una cerámica considerada una de las más bellas de México. De la época virreinal, se cuenta con una gran riqueza arquitectónica de la que se destaca el estilo Barroco y Neoclásico. Esta región ha sido también sede de importantes acontecimientos históricos que han cambiado el rumbo de la historia nacional, y no menos importante es ser considerada cuna de importantes artistas –Hermenegildo Bustos, Diego Rivera, José Chávez Morado, Mateo Herrera, Luis García Guerrero, Feliciano Peña, Romualdo García y Rutilo Patiño, por mencionar algunos– cuya producción plástica ha contribuido a enriquecer la historia del arte mexicano e integra la riqueza del patrimonio cultural de la nación. Dentro de estos importantes artistas guanajuatenses destacaremos a Luis García Guerrero, cuya producción artística provoca un íntimo acercamiento.

Luis García Guerrero nace en la ciudad de Guanajuato un 22 de septiembre de 1921, y fallece en la Ciudad de México un 16 de diciembre de 1996. Sus primeros acercamientos con el arte se dan acompañando a su abuelo en sesiones de pintura, lo que le permitió experimentar el placer de contemplar la obra pictórica; importantes para su educación visual y su sensibilización hacia el arte, fueron también las láminas de colores que encontraba en la revista francesa L´Ilustration, que su padre llevaba cada cierto tiempo a su casa; habría que mencionar también el contacto que tuvo con una colección de minerales que tenía su padre, –quien fue presidente del club de ingenieros en Guanajuato– en la que pudo admirar la diversidad de formas, luces, tonos y colores; asimismo, la cercanía con un dulcero conocido con el nombre de El Pirulí, quien vivía enfrente de su casa, y a quien a través de su trabajo daba forma y color a la materia.[1]

Un poco después, y por circunstancias de la vida, se trasladó a vivir a la Ciudad de México, y en esta ciudad se hizo de muy buenos amigos en el mundo artístico, entre los que se encontraban Ángela Gurria, Gunther Gerzso y Ricardo Martínez. Su vida social no era muy nutrida, casi un ermitaño lo define Miriam Kaiser, connotada gestora cultural quien también conoció a este sobresaliente creador.

Luis García Guerrero representa en su obra artística los objetos humildes y cotidianos –aquellos en los que no se repara en el diario vivir– mostrándolos con gran dignidad y logrando el asombro del que los mira. En su producción se acerca al paisaje natural y urbano, siendo el de Guanajuato su preferido,  presentando elementos de los tres reinos de la naturaleza ya que igual pinta, con gran detalle y profundo respeto, una fruta, un insecto o un trozo de mineral; se destacan sus alacenas por la naturalidad y profundidad que alcanzan, y sus flores y naturalezas muertas por su plenitud de color, como excepción de este acercamiento hacia lo insignificante –elabora retrato– no en mucha cantidad, y una importante producción de caricaturas.

En sus primeras etapas tiene ciertos coqueteos con el cubismo, la abstracción y el realismo mágico, aunque habrá que decir que su obra no se inserta de lleno en ningún estilo o vanguardia, quedando esta sin pertenecer a ninguna corriente artística.  En sus piezas Sergio Pitol, escritor y amigo de García Guerrero, considera que en parte de su trabajo se detecta la influencia de Alfonso Michel, de las estampas de Alfredo Duges y la obra de Hermenegildo Bustos, como lo señala la Mtra. Miriam Kaiser.[2]

Considerando que sus obras no admite clasificación de estilo o vanguardia, la suya es una propuesta propia en la que equilibra el dibujo y la composición, añadiendo un sabio manejo de color y textura, así como el cuidadoso detalle con que elabora sus piezas a través de finas pinceladas. En ocasiones cubre el lienzo con diminutos trazos, que se dice imprimía con un pincel de solo dos pestañas, práctica que lo revela como poseedor de un gran conocimiento y dominio de la técnica, de paciencia infinita y una profunda vida interior.

Así García Guerrero, a través de su quehacer artístico, muestra la otra realidad de esos elementos sencillos –frutas,  flores, insectos o minerales– esos que vemos sin observar y aceptamos sin cuestionar. De ellos revela, con gran sensibilidad, su verdadera belleza proclamando a través de su obra la prístina esencia de lo representado.



[1] Pitol, Sergio: 1993.

 

[2] Arturo: 2016. 

 

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