Identidad y memoria: el valor histórico de la leyenda

Por: Margarita Fuentes Velazquez

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo/ Universidad de Guanajuato

 

En el repertorio de la herencia cultural e histórica de las civilizaciones figura un tipo de relato conocido como leyenda. Se trata de una narración cuya veracidad se pone en duda debido al paso del tiempo y de las interpretaciones; pero que, a pesar de las dudas, cumple una función específica en las relaciones humanas. Dicho concepto <<procede del latín legenda y significa “cosas para leer, lo que habrá de ser leído”, de legere “leer”>>.[1] Unas veces, la leyenda se funda en la historia común de un pueblo, opera como aglutinante nacional, y otras veces asistimos a un momento de ficción que nos revela algo sobre nuestra propia naturaleza.

 



[1] Medrano, Gabriel, Como me lo contaron se los cuento (León, Guanajuato: Universidad de Guanajuato, 2017): 20.

En México, podemos encontrar un abanico muy amplio de historias, desde leyendas míticas, como la del enano adivino de Uxmal y su relación elementos de la naturaleza de la selva maya, hasta leyendas religiosas sobre monjas, sacerdotes y apariciones, como la de la virgen de Guadalupe. También hay leyendas urbanas, como las que se cuentan en la Ciudad de México y que tienen su origen en la colonia; hay leyendas históricas, morales, escatológicas, etc. Las categorías se mezclan entre sí dependiendo de la zona geográfica del país. Una historia escatológica puede ser también, por ejemplo, parte de una leyenda urbana, que pudo ser en sus inicios religiosa. Pero, ¿cómo surgen este tipo de relatos?, ¿por qué son importantes?

El origen de la leyenda se encuentra en las tradiciones orales de los pueblos y la manera en que estos utilizaron la palabra como un modo de conservación de la memoria sobre sí mismos. En la antigua Grecia, por ejemplo, los mitos servían como un fundamento de sentido al habitus[1] griego; es decir, a su estilo de vida, sus usos y costumbres. De ello sabemos gracias a los textos de Homero como la Ilíada y la Odisea o de Hesíodo en su Teogonía. Pero lo que muchas veces pasamos por alto es que fueron hombres de ágora, que contaron del origen de su pueblo y de sus ídolos a través de la poesía, del acto creativo de hablar.

El antiguo poeta griego, además de ser artista, era una especie de “cuenta cuentos” que, en ese contar historias que su vez fueron contadas, y así sucesivamente, dejó de darle importancia a ciertas ideas para resaltar el valor de algunas creencias sobre el ser y el deber ser. Una idea como la de justicia o rectitud, por ejemplo, pone al mito en contacto con una realidad presente que se comparte, más allá de las causas que le originan.

Si ponemos por caso nuestra propia historia nacional, nos daremos cuenta de que en ella existen ideas y creencias[2] que traspasan las fronteras particulares de cada quien sobre la religión, la ideología política, el sexo, nuestra apariencia física o la clase social. Me refiero a esas ideas y creencias con las que interpretamos los hechos como el de la conquista o la independencia, y que nos hacen sentir que, para bien o para mal, compartimos algo. “Cualquier colectividad recuerda sus disputas intestinas, los desgarramientos que sufrió. Por paradójico que sea, ese recuerdo de algún modo une”.[3]

Recordemos por un momento lo ocurrido entre José Vasconcelos y Plutarco Elías Calles, enemigos políticos de temperamentos disímiles, con valores sociales y culturales radicalmente opuestos, alguna vez enfrentados por un hecho histórico electoral y que, al verse en el exilio, lejos de su patria, se dieron cuenta de que compartían no sólo una identidad nacional, sino también un sentimiento o idea de la derrota que los unió. Así también -de forma análoga- una sociedad multicultural como la nuestra, tantas veces enfrentada por disputas políticas y sociales internas, es capaz de compartir sentimientos, por ejemplo: derrota, alegría, resignación o miedo a través de sus leyendas; a través de las historias que nos hacen sentir, aunque sea por un momento, parte de un mismo espacio geográfico y un tiempo específico. En suma, parte de una identidad nacional.

La identidad de nuestro pueblo, desde su fundación hasta nuestros días, no ha permanecido intacta. Los procesos de aculturación y transculturación, en términos de memoria histórica, modificaron los relatos que nos hacíamos de nosotros mismos a partir de elementos que nos eran ajenos, y que sólo pudimos explicarnos desde las estructuras de pensamiento sociales que nos eran más o menos comunes, como producto del mestizaje y del cristianismo. Así, mientras que en algunos lugares de Europa se cuentan historias míticas de duendes y goblins, en México se cuentan historias de chaneques, aluxes o espíritus chocarreros, dependiendo de la región. Sin embargo, cada vez son menos las personas que usan estas palabras extraídas del náhuatl y el maya en lugar del castellano.

La conservación de la memoria es esencial para poder dar respuesta a quiénes somos y por qué somos de determinada manera. Pero ocurre que cuando los hechos son difíciles de aceptar, porque nos vienen codificados en términos de lucha, de pérdida o dolor, canalizamos esas sensaciones a un lugar en el que negamos, exageramos o deformamos un relato. Octavio Paz decía en el Laberinto de la soledad que mientras los negros norteamericanos “entablan un combate con una realidad concreta. Nosotros, en cambio, luchamos con entidades imaginarias, vestigios del pasado o fantasmas engendrados por nosotros mismos”.[4] Disfrazamos la verdadera naturaleza de las cosas para hacerla más accesible a nosotros mismos.

De modo que, algunas leyendas en México representan nuestra manera de asimilar la historia de un pueblo que se duele en sus raíces. Podemos verlo el Día de Muertos, cuando recordamos a “la llorona”; este personaje que se aparece en muchas partes del país, llorando por sus hijos o por el amor perdido, y que ha dado lugar a diversas versiones y procesos hermenéuticos donde lo único que es seguro o permanente es el horror que nos causa. Nos horrorizamos ante una imagen deformada de lo que creemos que debe ser la maternidad. Tal vez porque tenemos la creencia de que las mujeres deben sacrificar la vida por su progenie, y que el valor de la vida no es igual entre el hijo y su madre. En los lamentos de la llorona se legitiman nuestras creencias, como efectos de una racionalidad histórica de la que no somos conscientes.

Para hacernos conscientes debemos ir más allá del relato y de la estética de su narrativa, transitar del asombro a la reflexión, como lo hicieron los griegos al pasar del mito al logos; [5] pero con categorías propias que necesitamos recoger de nuestra historia, indígena y europea. En Declaración de fe, Rosario Castellanos explica que dentro de la cosmovisión del mundo indígena:

El alma de la mujer muerta en el primer parto era inmediatamente deificada pues había alcanzado un grado de heroísmo tan grande como el del soldado muerto en el campo de batalla. […] pero el alma de la mujer podía en ciertas épocas del año, volver a la tierra y aparecerse en forma fantástica. [6]

Dadas las condiciones en las que los partos se producían en la época prehispánica, “dar a luz” se convertía en una proeza. Pero cuando la mezcla de razas convirtió la proeza en traición durante el drama de la conquista, la imaginación popular se encargó de convertir los gritos de una deidad en lamentos y asociar a la llorona con la Malinche. De aquí que los mexicanos venimos a ser el producto de una dialéctica compleja entre dos mundos, el indígena y el europeo. Se trata de mundos de los cuales aún no hemos podido dar respuesta exacta a la pregunta de ¿quiénes somos?

Por otro lado, la leyenda de la llorona se ha convertido en la repetición de un rito, de un folklore de dominio público, especialmente durante el Día de Muertos. Recordamos a la llorona, nos disfrazamos; incluso, cantamos canciones y olvidamos el horror y la incomprensión de nuestros traumas en compañía de los otros. En este sentido, las leyendas no son sólo una narración, historia oral o textos que deben ser leídos, sino también tradiciones que forman parte de nuestro patrimonio cultural.

Cabría preguntarse en otro momento, qué tanta atención le damos a la expresión de nuestras tradiciones en una época donde las tecnologías digitales y medios electrónicos nos conectan y desconectan del mundo en cuestión de segundos. “Prestar atención a la leyenda es una manera de mantener viva la memoria” Sin la memoria de nuestro pasado no hay futuro al cual dirigirse.[7]

Para saber más:

·   Castellanos, Rosario. Declaración de fe. Ixtapaluca. México: Alfaguara/Santillana, 2012.

·   Medrano, Gabriel. Como me lo contaron se los cuento. León, Guanajuato: Universidad de Guanajuato, 2017.

·   Morote, Pascuala. “Las leyendas y su valor didáctico”, en: ACTAS XL (AEPE), Centro virtual Cervantes, Universitat de Valencia, España, (2002): 391-403, disponible en: https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/congreso_40/congreso_40_38.pdf [última consulta: octubre 2018]

·   Ortega José. Ideas y creencias. Madrid, España: Espasa Calpe, 1968.

·   Paz, Octavio. Laberinto de la soledad, postdata, y Vuelta a El laberinto de la soledad. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2010.

·   Peña, Lorenzo. “El valor de la memoria histórica como aglutinante y seña de identidad para la cohesión de una sociedad”, en: Seminario “Derecho y memoria histórica: Justicia transicional, políticas públicas y ciudadanía”, Universidad Carlos III de Madrid, (2010): 1-9, disponible en: http://digital.csic.es/bitstream/10261/26457/1/memhisto.pdf [última consulta: octubre 2018]



[1] Entiéndase habitus no sólo como un antecedente de la palabra hábito, sino como un conjunto de creencias, disposiciones aceptadas, percepciones, valores y actos que habitan en una sociedad.

[2] Con ideas me refiero a las ocurrencias, cualquiera que estas sean, en el sentido en que Ortega y Gasset las nombra como aquello que nos sale de la cabeza y por lo tanto es más fácil cuestionar, manipular o eliminar. Mientras que las creencias son aquello con lo que se cuenta, que no ponemos en duda mientras existen, porque estamos en ellas. Léase sobre ello: Ortega José, Ideas y creencias, (Madrid, España: Espasa Calpe, 1968).

[3] Peña, Lorenzo. “El valor de la memoria histórica como aglutinante y seña de identidad para la cohesión de una sociedad”, en: Seminario “Derecho y memoria histórica: Justicia transicional, políticas públicas y ciudadanía”, Universidad Carlos III de Madrid, (2010): 4, disponible en: http://digital.csic.es/bitstream/10261/26457/1/memhisto.pdf

[4] Paz, Octavio, Laberinto de la soledad, postdata, y Vuelta a El laberinto de la soledad (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2010): 80.

[5] Logos en este sentido implica reflexión y discurso, más que ser un sinónimo de “tratado” o simple conjunto de conocimientos es una acción argumentativa.

[6] Castellanos, Rosario, Declaración de fe. Ixtapaluca (México: Alfaguara/Santillana, 2012): 23.

[7] Morote, Pascuala. “Las leyendas y su valor didáctico”, en: ACTAS XL (AEPE), Centro virtual Cervantes, Universitat de Valencia, España, (2002): 400, disponible en: https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/congreso_40/congreso_40_38.pdf

 

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