Leyenda, mitos y sueños: la actividad fantaseadora en lo colectivo

Por: Martha Elisa Gracia Sifuentes

 

Universidad Autónoma de SLP

Universidad Latina de México, Celaya

 

Un pueblo comparte de una generación a otra, leyendas, mitos, fábulas y cuentos, en forma de narraciones orales. Aunque hemos dejado de ser, desde hace mucho, culturas de tradición oral, todos y cada uno de nosotros hemos oído relatar a nuestros ancestros: tíos, abuelos, padres, primos, etc., todo tipo de narraciones fantásticas, las cuales, a su vez, ellos oyeron narrar a sus antecesores. Así, desde la temprana infancia nuestra imaginación se ha alimentado de las historias de La Llorona, las brujas, los fuegos en el camino que revelaban tesoros enterrados en una olla y todo tipo de aparecidos.

 

A pesar del tiempo y de nuestra formación científica, que ha liberado a nuestro entendimiento de todas esas creencias populares, ¿quién no se ha estremecido alguna vez al oír mencionar a La Llorona?, ¿por qué seguimos oyendo esas narraciones con atención especial, como si de un poema antaño repetido en tiempos especiales se tratase?  Y más aún, atendemos al necio que jura haber tenido un encuentro personal con La Llorona. Es cierto, podemos decir que lo hacemos por la nostalgia de aquellos tiempos remotos de nuestra infancia; sin embargo, ¿no hay algo más?

Sobre ese algo más, versan estas líneas: ¿cuál es la fuerza que tienen esas narraciones fantásticas en cada uno de nosotros?[1] Refiriéndose al mito, nos dice que cuando no se ha descifrado conserva todo su poder y está respondiendo a una necesidad colectiva, si esto lo consideramos con detenimiento, puede ser también un atributo de la leyenda, puesto que lo mismo que el mito, esta narración está presente en un grupo social y ejerce sobre este un gran poder. Pero, ¿en qué consiste ese poder?, ¿de dónde le viene?, ¿acaso sólo es tal porque es una narración compartida? He ahí una clave de la cuestión.

La leyenda no es solo una narración que los miembros de un pueblo hemos memorizado, no, es también un relato que creemos. Esta creencia no pasa por la razón o la comprobación científica, es una historia que compartimos en colectivo, de tal modo, que ninguno de los participantes nos atrevemos a poner en duda su veracidad, porque no es de ello de lo que trata la cuestión para cada uno, ¿de qué se trata entonces?, ¿para qué es necesaria la leyenda?, ¿cuál es el papel o función que tiene para el grupo social y para los individuos de este? Es posible que como ya se dijo arriba, responda a una necesidad colectiva, pero, ¿en qué consiste esta necesidad colectiva?

Arriba ya hemos planteado ese algo más y esa imposibilidad de sustraerse al poder de las leyendas, reconozcamos aquí el principio del descubrimiento freudiano: todo lo que es rechazado retorna.[2] Es decir, ese algo más que no podemos soportar en el presente, en la conciencia, es expulsado, pero ese rechazo tendrá un costo: lo rechazado no cesa de retornar y ejercer un poder considerable sobre el presente. Ya llegados hasta aquí, podemos develar totalmente la intención de este trayecto a través de la leyenda. Lo inconsciente, lo que se ha desalojado de la conciencia, sean deseos, pulsiones, impulsos o emociones, tiene una vía privilegiada por la cual acceder y transitar libremente a la conciencia, el sueño. Otro fenómeno psíquico que está plagado de elementos fantásticos e imaginación. Desde este punto, vislumbramos ya que una convergencia entre el mito y la leyenda (ambos producciones colectivas), y el sueño (primordialmente subjetivo) se trata de la actividad fantaseadora presente en la producción de los tres.

La actividad fantaseadora, nos ha dicho Freud (1907), está en la base del juego infantil, de los sueños diurnos, de los sueños al dormir, y de la creación artística. El niño cuando juega se comporta como un poeta creando nuevos mundos. “El poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo de fantasía al que toma muy en serio”.[3] Una consecuencia relevante de esta irrealidad de la creación poética, es que muchas cosas que siendo reales no producirían placer, en el juego de la fantasía nos lo ofrecen, y muchas excitaciones que resultarían penosas en la realidad, son fuentes de placer para el público.

También nos explica Freud que en el momento en que el adulto tiene que renunciar al juego, no lo hace totalmente, pues el ser humano nunca renuncia a nada. De tal modo, retira el juego de los objetos, pero mantiene su actividad en la fantasía, crea lo que llamamos sueños diurnos.  El fantaseo (phantasieren) es la actividad creadora “en torno a deseos insatisfechos del ser humano que logran su cumplimiento, su realización imaginaria, precisamente a partir de esas actividades psíquicas esenciales”.[4] Así, hallamos que la fantasía es un cabal cumplimiento de deseo, un esfuerzo por rectificar la realidad insatisfactoria.

Las fantasías mantienen un nexo con los sueños, pues no olvidemos que estos se forman de los deseos que en la vigilia no pudieron acceder a la conciencia, fueron reprimidos; es decir, también los sueños, como la fantasía, toman su material de los deseos insatisfechos. Sin embargo, los sueños nocturnos nos resultan de contenido oscuro, ello es debido a que en su formación participan también deseos reprimidos que sólo pueden hallar cabida pasando una grave desfiguración.[5]

Ahora bien, con respecto al nexo entre la fantasía y la creación poética, Freud (1907) nos dice que podemos conjeturar que, al poeta, una intensa vivencia actual le despierta el recuerdo de una vivencia anterior, lo cual hace arrancar el deseo, mismo que se procura cumplimiento en la creación poética. Además, enfatiza que con la obra poética se ofrece un placer previo, pero también se alcanza un goce auténtico, vinculado con la liberación de tensiones en nuestra alma.

El sueño es cumplimiento de deseo, queda demostrado muy fácilmente con los sueños que muchas veces tenemos al sentir sed mientras dormimos, pues es muy común que soñemos con beber, de tal modo que no se interrumpe el dormir y se cumple el deseo. Sin embargo, Freud (1900) también se dio a la tarea de mostrar que los sueños penosos son también cumplimientos de deseo y lo hace con una argumentación tan exhaustiva que queda demostrado fehacientemente, pero por falta de espacio no consignamos aquí. Solo diremos que establece con rigor que en la formación del sueño participan “dos instancias opuestas, la de censura sobre el deseo y otra que forma el deseo”. La censura es la instancia que vigila lo que se admite en la conciencia, por lo que desde el primer sistema o instancia no podría llegar nada a la conciencia sin haber pasado las modificaciones convenientes. Así, la censura impone a la formación del sueño lo que llamamos la desfiguración onírica. De esta manera queda formado el sueño por un contenido manifiesto conocido, y otro latente en el que hallamos el cumplimiento de deseo. Vamos, entonces, a conocer cabalmente este, cuando por medio de la fragmentación del sueño hagamos una interpretación del mismo que nos permita ir del contenido manifiesto al contenido latente.

Freud (1900) nos pone un ejemplo, que si bien, no es propiamente un sueño penoso, sí se trata de un sueño en que el no cumplimiento de deseo es el cumplimiento de deseo; es decir, contrario a la doctrina explicada por el padre del psicoanálisis. Este relata que un día explicó a su paciente la doctrina de los sueños. Luego, la paciente escéptica soñó lo siguiente: “viajaba con su suegra para compartir un veraneo en el campo”.[6] La paciente se complació en mostrar a Freud su equivocación, pues en realidad ella se había negado con fervor a viajar con la suegra. No obstante, este no se dejó engañar y rápidamente descubrió el cumplimiento de deseo de la paciente: deseaba que él estuviera equivocado y lo cumplió en su sueño. El cumplimiento de deseo se confirma.

Una vez que hemos recorrido las formulaciones sobre el sueño y la actividad fantaseadora, vamos a proceder con la leyenda como propone hacer Freud con el sueño, incluiremos un conjunto de fragmentos buscando el contenido latente, por tanto, el cumplimiento de deseo y las manifestaciones de la actividad fantaseadora en esta producción de la imaginación de un pueblo.

La leyenda sobre la que versa este análisis es conocida como El cerro del Meco, y nos basamos en el texto que de esta leyenda nos ofrece Agustín Lanuza; sin embargo, por razones de extensión no se incluye el texto completo, en cambio, hacemos una adaptación que contiene los elementos esenciales del relato.

 

El cerro del Meco

El relato se sitúa en un tiempo en que Guanajuato era la ciudad más rica por sus generosas minas, que producían dos tercios del dinero que circulaba. Abundancia y derroche se veían en la pareja del buscón y su señora, fortunas gastaban los domingos.

El pueblo tenía la costumbre de encomendar el campo, la labor o la mina, a un santo, por lo que se celebró una misa en el socavón de la mina para encomendarla a la Virgen de San Juan. Toda la comunidad asistió, y acordó que en memoria de esa dedicación ofrecerían a la Virgen un cofre con ricas joyas de oro macizo. Después, se compraron las joyas de alto valor y arte, y se colocaron en un cofre de oro quemado a fuego. Para la entrega, fueron consignadas a un convoy que debía llevarlas a la Virgen a San Juan de los Lagos; no obstante, se supo a los pocos días que un capitán de bandidos, temible por lo feroz, con otros de su gavilla, asaltaron la diligencia, y mataron a los conductores de modo cruel y traidor para robar las alhajas de la Virgen. De sacrílego lo acusaba la población. En vano se buscaba atrapar al ladrón, nunca lo hallaron. Se celebraron misas y recompensas; incluso, la mina ofreció pesar en oro al delincuente, pero esto no bastó para encontrar al bandido.

Luego de muchos años, la gente del pueblo comenzó a murmurar que por las noches se veía arder un fuego fatuo en la cumbre del cerro del Meco, donde se alza un peñón. Por lo anterior, y al ser una creencia popular que donde arde hay dinero, acudieron mil valientes de los que hablan con los muertos, atraídos por el cebo y buscando descubrir aquel secreto. Nadie lograba su intento, porque cuando alguno se aproximaba desaparecía el fuego, oían ruidos de cadenas, blasfemias contra la Virgen, gritos de rabia y lamentos; una legión de espectros volaba y producía un ensordecedor estrépito. El espíritu atemorizado daba a las rocas de la montaña las formas de monstruos feroces.

En lo alto de una peñita habitaba, en una pobre casa, una familia muy buena, que en otro tiempo había tenido fortuna, pero que por azar de la vida habían perdido todo, quedando sumidos en una miseria total. El hombre cansado de batallar, de trabajar y procurar aliviar sus penas y las de su familia, pensó y estuvo tentado por el crimen, más se repetía con ahínco: “no desmayes, adelante, lucha, trabaja y espera”. Cansado ya de su lucha infructuosa, se topó al anochecer con un hombre, este le preguntó: “¿Quieres trabajar?”, y le ofreció una peseta, indicándole que comprara cuerdas gruesas en el almacén y volviera. El hombre entró a la tienda El Sueño, compró la reata al instante, y salió con violencia. Siguió al misterioso hombre por muchas calles en total silencio. En este trayecto no dejaba el hombre de sospechar y temer estar lanzándose a una criminal empresa; pues jamás su reputación había sido manchada por acto delincuente alguno.

Treparon a la montaña, llegaron al sitio donde en el cerro del Meco se alza un peñón de granito. Era una noche tranquila, las estrellas brillaban apacibles en el cielo; sólo era perturbada por los ruidos indecisos de las noches. Una vez ahí, movieron con la reata una gran roca, descubriendo una oquedad en el piso. El individuo misterioso sacó unos fósforos, y le ordenó bajar hasta el fondo de aquel pozo, atado a la cuerda. Allí, tendría que buscar un cadáver, y encender unos cirios en un rincón para sacar el cofre con las alhajas de la Virgen para devolverlo; como pago, podría tomar cuánto dinero quisiera del que había el fondo del pozo. El hombre bajó, cumplió punto por punto su cometido. Saliendo aterrado, convulso, lívido, sólo volvió a escuchar al aparecido que le mandaba llevar las alhajas a San Juan, pues él ya podría descansar en paz. Dicho eso, y envuelto en un remolino de chispas, bajó al fondo del precipicio.

El buen hombre llevó el cofre con las alhajas y una carta al cura de la iglesia de San Juan. En la carta el ladrón Pillo Madera, confesaba haber robado las joyas, relataba cómo había asaltado al convoy y matado a los conductores. El cura bendijo al buen hombre y agradeció su honradez.

Para el análisis de esta leyenda conviene tener en cuenta el mito freudiano sobre los deseos arcaicos de los seres humanos, deseos fuertemente reprimidos: el incesto y el parricidio. En Tótem y tabú, Freud (1913) relata que en tiempos remotos los seres humanos vivían en una horda primordial, esta era gobernada por un macho alfa, cruel, fuerte y autoritario. Acaparaba a las mujeres, reservándolas para sí y expulsaba a los machos. Estos, temerosos, pero sintiendo rencor, se juntaron y decidieron atacar al tirano. Juntos lo mataron, lo devoraron y se repartieron a las mujeres. Así, en este crimen originario, quedó inaugurada la civilización, pues tras perpetrar el crimen, los hermanos arrepentidos, por la culpa de haber atentado contra el padre temido y odiado, pero también admirado, hicieron un pacto de no acceder a las mujeres del clan, para nunca pasar ellos por ese mismo crimen.

Un ladrón roba las joyas de la Virgen, contenidas en un cofre. “La Virgen” es una figura sagrada, pero, también femenina, y en su carácter de santa protectora remite a la protección materna. El cofre ha sido tradicionalmente un elemento que sustituye los genitales femeninos, por lo tanto, si el ladrón ha osado “robar las joyas de la Virgen”, el trabajo de la censura ha desfigurado el deseo incestuoso y su disfrute, por ser opuestos a lo moralmente aceptado, por lo tanto, se hace necesaria la sustitución: “las joyas” por “el disfrute sexual de las mujeres”. Si admitimos esta posibilidad, estamos entonces ante un cabal cumplimiento de deseo, pues lo que se nos revela es el anhelo incestuoso como dijimos arriba, los hermanos expulsados y reunidos quieren acceder a las mujeres que el padre tirano acapara.

Era costumbre en las minas, por piedad o devoción, encomendar a algún santo ya un “tiro”, “campo”, o “labor”. En una de ellas, por cierto, un campo se dedicó a la milagrosa Virgen de San Juan, y en la función, se dijo misa cantada, pues para ello se arregló, convirtiéndolo en capilla, de la mina del socavón. Encomendar el campo, mejor dicho la mina, a la Patrona Virgen de San Juan, no fue solo un acto de fe, también nos está hablando del lazo de la Virgen con la Tierra,  arquetipo de la madre. Esta parte confirma lo antes dicho sobre la relación de equivalencia entre la madre y la Virgen, siguiendo a Freud (1900), esta equivalencia se realizó al modelo del trabajo del sueño por el mecanismo de desplazamiento, en lugar de la madre se coloca a la Virgen.

Decidieron ofrendarle unas alhajas en un cofre quemado en oro, las más bellas y costosas. Enviándolas en un convoy, el cual es asaltado por Pillo Madera. Un capitán de bandidos, temible por lo feroz, con otros de su gavilla, había asaltado el convoy, matando a los conductores, de modo infame y traidor. Sacrílego, proclamaba la población. El asalto y asesinato de los conductores es un equivalente del asalto que consuman los hermanos sobre el padre de la horda primordial, el cual nos comunica Freud en Tótem y tabú (1913). El mito freudiano habla del asesinato del padre y del banquete totémico, en el cual los hermanos, luego de asesinar al padre, lo devoran para asimilar su fuerza y acceden a las mujeres. En sustitución, en esta leyenda, hubo unos asesinatos crueles, un robo atroz, tal como en el mito, los ladrones (hermanos) consuman el crimen, el convoy encargado de resguardar las joyas es aniquilado, en lugar del padre primordial. El convoy resguardaba las joyas de la Virgen como el padre acaparaba las mujeres. Nuevamente aquí el trabajo de la censura impone que se sustituya, el convoy guardián por el padre primordial.

Sacrilegio es un pecado grande contra lo sagrado. Nunca lo encontraron. Luego aparecía en el Cerro del Meco el fuego fatuo, pero nadie conseguía acercarse, pues espectros y monstruos rodeaban la cumbre sin permitir que nadie se acercara. ¿A qué iban estos hombres valientes?, ¿nuevamente los hermanos intentando acceder a la madre, a las joyas? Las joyas provienen de las profundidades de la Tierra, es decir acceder a las joyas es de alguna manera acceder a los frutos de las entrañas de la Tierra, lo cual se asocia también con las entrañas de la madre, nuevamente, por analogía.

La culpa manifestada en el asedio y vigilancia de estos espectros, mantiene a raya a cuanto hombre valiente se acerca. Como al padre de la horda, otros lo matarían para acceder al precioso bien. Los hermanos, hombres valientes, no pueden acceder porque el “ladrón” o espectro los ahuyenta, como el padre primordial a los machos. Los hombres valientes, a su vez, habían asesinado al padre primordial, o bien, pretendían hacerse de las joyas para su propio disfrute, esto es,  consumar el anhelo incestuoso, pues los espectros, signos de la culpabilidad, los aterrorizaban. Es decir, ya un crimen había sido perpetrado, y la culpabilidad por ello era compartida, la sufrirían hasta que un pacto de fraternidad fuese sellado.

Una vez perpetrado el crimen, los hermanos sienten una culpa retroactiva por haber asesinado al odiado, temido, pero ahora admirado padre; ellos mismos temen sufrir su suerte si alguno se atreve a ocupar su lugar y reservar para sí el disfrute de las mujeres. En este sentido, en el relato que nos ocupa, tenemos al grupo de ladrones, encabezados por Pillo Madera, que se niegan a someterse a la prohibición y deciden acabar con el convoy para gozar también ellos de esos dones; hurtan el cofre, como bien dijimos, sustituto simbólico de los genitales femeninos; también, fruto de las entrañas de la madre Tierra. Entonces, ellos también osan disfrutar de esos dones, pero, ¿qué ocurrió después?, ¿Pillo Madera, al igual que antes el convoy, reservó los bienes para sí? Es probable, pues el pueblo ofreció después su peso en oro; es decir, la historia se repetía, ahora él había pasado a ocupar el lugar del padre primordial asesinado, al igual que el convoy debía resguardar las joyas de manos sacrílegas.

Sin embargo, el mismo espectro del ladrón busca al hombre honrado, lo lleva hasta la cima del cerro, donde está la entrada del pozo que resguarda las joyas. Como un padre amoroso-simbólico que busca el reconocimiento. He ahí el cumplimiento de deseo. Si pensamos en esta narración como un sueño, bien podemos pensar que el hombre pobre, en su penosa miseria, se durmió y al hacerlo soñó con el ladrón que lo llevaba a la cima del cerro, y le ofrecía las riquezas del pozo, encomendándole la misión de devolver las joyas de la Virgen.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué un hombre renuncia a sus impulsos? como el hombre pobre al haber sentido la tentación del crimen. Renuncia porque cree en la existencia y posibilidad de bienes superiores. Estos los halla en ese sueño en que se convierte en el héroe que devuelve las joyas a la Virgen, lo que lo convierte a un tiempo en héroe y rico. Además, es el elegido por el padre primordial asesinado que le otorga no su poder, pero sí unos dones que le salvan de la miseria y lo hacen héroe, además, le dan reconocimiento social; es decir, de un padre terrible (el convoy y Pillo Madera), en este relato se pasa a un padre simbólico (el espectro del ladrón) que da acceso a los bienes culturales. Así, hallamos en este fragmento el cumplimiento de deseo, tal como en el sueño, en esta leyenda el hombre pobre se hace rico y héroe, obteniendo así la satisfacción de que la realidad le priva.

En la figura de Pillo Madera vemos condensado, como en el sueño, al padre primordial y a los hermanos transgresores. En síntesis, esta leyenda nos da cuenta de los tres tiempos del Edipo: incesto-asesinato del padre, padre terrible y padre amoroso.

A partir de este análisis podemos sostener que el mito y la leyenda, lo mismo que las obras de arte, recogen sobre sí los deseos inconscientes y otorgan una realización de deseo o satisfacción sustitutiva para el individuo, y el grupo social, tal como los sueños, nos dan la ocasión de dar expresión a nuestros deseos inconfesables.

En las leyendas vamos a encontrar expresión de nuestros deseos inconscientes, pero, recogidos en una ficción colectiva que, seguramente, como en el sueño, desfigura lo suficientemente el deseo para que los miembros del grupo compartan la narración de una generación a otra, la transmitan, como una manera no sólo de reconocerse pertenecientes a un mismo colectivo, sino como una manera también de acceder a experiencias placenteras; una forma de liberar las pasiones del alma a través de la actividad fantaseadora que nadie confesamos, pero, todos y cada uno vivimos a rienda suela cuando estamos a solas y, felizmente, en la leyenda, podemos compartirla. ¿Cuántas veces no escuchamos a las personas relatar con excitación que vivieron un encuentro personal con La Llorona, o con cualquier otro “aparecido”, sin atrevernos a desmentir su experiencia?

Finalmente, cabe considerar que Jung, como Freud, estableció que los sueños son manifestaciones de lo inconsciente; asimismo, los mitos se asemejan a los sueños, y para este autor son expresión de la vida en su totalidad. Jung en su libro Las transformaciones y símbolos de la libido (1912) propuso el concepto de arquetipo, las cuales son imágenes arcaicas que permanecen en el individuo. También propone que la mitología ofrece un mensaje que conduce al self, la llave es la imaginación, el folklore contiene ideas elementales y la mitología encierra estas ideas. El ser humano realizará su crecimiento mental, físico y espiritual en esas ideas e imaginaciones primordiales, radicales, pues hablan al espíritu del ser. Entonces, los mitos imponen un compromiso proveniente de la identificación con la cultura. Las construcciones de la imaginación y fantasía enseñan el camino más profundo al ser. [7] Con este autor podemos decir que las leyendas, semejantes a los mitos, lo son también a los sueños. En su narración contienen no sólo cumplimientos de deseos, sino también esas ideas elementales que le ofrecen la posibilidad de identificación con la cultura y ese cauce para dar rienda suelta a los deseos arcaicos en la colectividad.

 

 

Para saber más:

·   Certeau, Michel de. Historia y psicoanálisis. Entre ciencia y ficción. Trad. Alfonso Mendiola y Marcela Cinta. México: Universidad Iberoamericana, 2012.

·   Contreras P. Rafael M. y García V. Ricardo. “Interpretación de una leyenda sobre la tradición del Día de Muertos, desde una mirada psicoanalítica”, en: Revista de El Colegio de San Luis, núm. VII (enero-junio, 2017): 244-261, disponible en: <http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=426249657011> ISSN 1665-899X.

·   Freud, Sigmund. Obras completas: La interpretación de los sueños. Primera parte, vol. IV. Trad. José Luis Etcheverry. 1ª. Buenos Aires: Amorrortu. 1900.

·   Freud, Sigmund. Obras completas: El creador literario y el fantaseo, vol. 9, traducción de J. L. Etcheverry. Buenos Aires: Amorrortu, 1907.

·   Freud, Sigmund. Obras completas: Tótem y tabú, traducción de J. L. Etcheverry. Buenos Aires: Amorrortu, 1913.

·   Jaidar, Isabel. “Psicología, psicoanálisis y mitos”, en: Revista Tramas, núm. 23, (2004), disponible en: http://132.248.9.34/hevila/TramasMexicoDF/2004/no23/9.pdf. p. 169-183.

·   Rosolato, Guy. El sacrificio. Estudio psicoanalítico. Trad. Marcela Nasta. 1ª. ed. Buenos Aires: Nueva Visión, 2004.



[1] Rosolato, Guy, El sacrificio. Estudio psicoanalítico (Buenos Aires: Nueva Visión, 2004)

[2] Certeau, Michel de. Historia y psicoanálisis. Entre ciencia y ficción (México: Universidad Iberoamericana, 2012)

[3] Freud, Sigmund, Obras completas: El creador literario y el fantaseo, vol. 9 (Buenos Aires: Amorrortu, 1907): 128.

[4] Jaidar, Isabel, “Psicología, psicoanálisis y mitos”, en: Revista Tramas, núm. 23, (2004): 176, disponible en: http://132.248.9.34/hevila/TramasMexicoDF/2004/no23/9.pdf. p. 169-183.

[5] Freud, Sigmund, Obras completas: El creador literario y el fantaseo, vol. 9 (Buenos Aires: Amorrortu, 1907)

[6] Freud, Sigmund. Obras completas: La interpretación de los sueños, primera parte, vol. IV (Buenos Aires: Amorrortu. 1900): 169.

[7] Citado en: Jaidar, Isabel, “Psicología, psicoanálisis y mitos”, en: Revista Tramas, núm. 23, (2004), disponible en: http://132.248.9.34/hevila/TramasMexicoDF/2004/no23/9.pdf. p. 169-183. 

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