Naranja dulce, limón partido. Los leoneses y su tiempo libre antes del cine.

 

Cuando en la cultura occidental la razón organizó elementos del mundo con un afán de dominio y utilización de sus elementos, se inició a partir de Europa la época moderna dando curso a una dinámica de cambios. Una nueva actitud propició el descubrimiento y sistematización de principios y “leyes”, luego se establecieron las relaciones y se distinguieron las funciones. Se experimentó con los elementos, se indujo y alentó su utilización y así se produjeron y reprodujeron cada vez más ampliamente innovaciones tecnológicas. Entre otras cosas, éstas facilitaron la comunicación, no sólo en su extensión, sino que los medios se diversificaron. Entre los medios audiovisuales están el cine, la radio y la televisión que ganaron prontamente espacios y su presencia cultural propició nuevos modos de ser y de relacionarse con el entorno y el mundo

 

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La necesidad humana de dedicar un tiempo, que no es el que absorbe el trabajo y la producción, -el “tiempo libre” como suele llamarse- tiempo para entretenimiento y la diversión, ha estado presente siempre; varían los patrones culturales por grupos sociales, por edad y por sexo. Desde que el hombre de hoy ha permitido que los medios audiovisuales ocupen gran parte de ese tiempo, ejerciendo una magia especial, se han operado cambios profundos en su empleo. ¿Cómo tener una visión amplia de las actitudes, juegos, gustos y formas de diversión de los habitantes de nuestra región y de cómo trasciende a diversos tiempos? ¿Qué podremos reconocer en León de los elementos de arraigo en el pasado que juegan con el tiempo y los espacios geográficos y sociales, que se adaptan a los nuevos ritmos de vida y visión de las cosas cambiando ya sus formas o adquiriendo otro sentido?

Sin alejarnos mucho en el tiempo, señalamos algunos modos de cómo los leoneses lo aprovechaban en fechas anteriores a la presencia local del cine –las primeras funciones se ofrecieron hace un siglo, por 1897- y trataremos de relacionarlos con los grupos de gente que los compartían y el momento que los justifican. Nos ubicaremos especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, cuando ya se habían operado cambios significativos suscitados por la modernidad a la que ya nos referimos.

Por su naturaleza de informalidad y cotidianeidad, difícilmente encontramos registros documentales sobre cómo se expresaban algunas conductas, como las relacionadas con el tema que nos ocupa. Sin embargo, podemos inferirlas de algunos testimonios.

 

Los juegos de niños

En una sociedad en la que la diversión de roles era patente, se inducían marcadas diferencias en los juegos aceptados para niños y para niñas, pero ambos participaban de las rondas, con sus propios matices locales [1] mismos que tenían también presencia en otros territorios. [2] Algo de ellas, aunque profundamente afectadas, aún tiene continuidad. Su espacio: solares, huertas, patios, corredores de las casas decimonónicas y la calle con sus restricciones.

El volar papalotes era un entrenamiento para varias edades. Requería destreza su fabricación, control, levantarlos a vuelo y de espacios abiertos. Como un juego de los que la ciudad desplaza, es curioso que en 1833, antes de que colgaran cables de luz, teléfono, cablevisión, ni que transitaran vehículos motorizados, el prefecto político prohibiera que se volaran en calles y azoteas “por los perjuicios que causaban”. [3]

 

Los paseos y días de campo

Era una costumbre generalizada y aprovechada por la gente de diversas distinciones sociales. Se recurría a ellos principalmente los domingos en los que varias familias se reunían llevando comida sabrosa; el traslado podía realizarse en carretas, carros, caballos o burros y quizá se anduviera a pie buenos trechos: diversión y esparcimiento para todos, en la que a su vez cabía la distinción de actividades, por edad y sexo.

El recuerdo de esta práctica nos lo pueden compartir oralmente leoneses mayores y para afirmar que era del gusto local a mediados del siglo XIX, algo nos dice una referencia que describió el ambiente leonés cuando los padres paulinos llegaron a hacerse cargo del seminario de la Madre Santísima de la Luz en 1847: “[…] La campiña […] ofrece sitios muy a propósito para los paseos y días de campo. Hay en ella huertas concurridas de gentes que las escogen para hacer en ellas sus meriendas […] Por supuesto que no faltan por allí las músicas, los elegantes jinetes que todo lo recorren y los coches de pasero que van y vienen en todas direcciones […] para los jóvenes, cierto es de tener muy en cuenta […]”.[4]

Otro testimonio de 1872 describe que: “En la estación de lluvias, la mayor parte de la margen del río de los Gómez, se llena de lavanderas, encontrándose allí cerca personas que concurren con músicas, cantando unos por el camino, otros bailando bajo la sombra de los árboles y otros merendando tranquilamente sobre la verde alfombra del campo […]”.[5]

Otras descripciones se dan bajo el género de “memorias” en las que se recuerdan situaciones vividas, como la de Germán Pöhls[6] que narra el ir y venir dominguero decimonónico por las zonas situadas entonces fuera del límite de la mancha urbana: “El paseo de la Calzada con olorosos naranjos y cinco carriles, paseo para pobres y ricos; éstos podían hacer gala de sus carruajes con buenos trancos; los jinetes podían lucir sus cabalgaduras y monturas, mientras los de a pie se refrescaban con sorbetes y lechugas”. Este sitio de recreo se amplió desde 1892 cuando se inauguró el Paseo Colón o Malecón del Río, reforzado después de la terrible inundación de 1888 y se acondicionó con numerosos rosales. La estación del ferrocarril, después de 1882, fue otro obligado y concurrido sitio de esparcimiento. El parque entonces Manuel Doblado -ahora Hidalgo-, arbolada alameda al estilo de la época con su kiosco y callecillas, también acogía a numerosos paseantes.

Por supuesto que la plaza central también invitaba a la asistencia del domingo y a las rondas alrededor de la fuente -después sustituida por un kiosco-, ocasión para hacerse encontradizos muchachos y muchachas en una sociedad en donde se exigía discreción. Entre semana, la misma plaza era punto de reunión para las tertulias del atardecer que describe con detalle Toribio Esquivel Obregón.[7] La banda municipal amenizaba con sus serenatas los jueves y domingos [8] desde 1862, cuando el gobierno del estado autorizó una partida para que se les pagara a los músicos.

 

Diversiones públicas

Para darnos una idea de las diversiones públicas y su frecuencia podemos tomar como botón de muestra el año de 1883 y guiarnos por una serie de permisos que otorgó el ayuntamiento de León, acompañados del pago correspondiente, para carreras de caballo y a pie, bailes públicos tanto en León como en comunidades y ranchos -como Santa Lucía y La Laborcita-, para el baile “de cantadoras” y otros fandangos que tan solo en el mes de enero se solicitaron en ocho ocasiones. También se expidieron autorizaciones para tocar música en la calle, mayoritariamente a cilindreros, músicos de bandoneón, bajo, “guitarra griega”, violín, arpa y piano. A una mujer se le permitió deleitar con música de arma, Francisco Anguiano tocaba dulzaina y arpa, varias personas las obtuvieron para “vender arte y tocar música”. [9]

Se instalaban “caballitos” en las fiestas de los barrios y en plazas como las del Coecillo, San Miguel, Santiago, San Juan de Dios, Dan Pedro de los Hernández, etc. En 1905 se presentaron con cierta frecuencia funciones de títeres: las hubo en enero, en junio actuaron varios días en La Soledad, así mismo en septiembre, en octubre y en noviembre, durante el último mes fueron dos compañías distintas, una era la del famoso Rosete Aranda. Exhibían sus destrezas prestigitadores y maromeros. Funciones de “variedades” se exhibián en la Plaza de Toros y alguna vez en el Teatro Doblado.

También se otorgaron licencias para “poner un panorama” y para realizar pastorelas, la mayoría en los meses de enero, febrero y abril. El género de zarzuela gustaba mucho y para su presentación se llegaron a pagar las cuotas correspondientes a unas veinte funciones, la mayoría de las cuales fueron pagadas por el coronel Cecilio Estada, quien fue jefe político de León en el período de 1877-1880, posteriormente de la ciudad de Guanajuato en 1883 y nuevamente de León en 1893.

El circo y los toros tenían gravado el mayor impuesto: $4.00 obtenía el erario por función de circo y $20.00 por cada corrida de toros. Los cirqueros podían levantar su propia carpa como la de los hermanos Orrin, de Estanislao Alemán, quien con su hermano había dado función en la plaza principal como parte de los festejos que acompañaron la visita de Maximiliano y Carlota a la ciudad. Otros como Ángel López, Jesús Gasca y Miguel Suárez alquilaron el local de la Plaza de Toros para los actos circenses. Se inició el siglo XX con la presencia anual por temporada local del circo Treviño, que levantaba sus carpas por el rumbo de la Calzada; también visitaba la ciudad de León el circo de los hermanos Bell y alguna vez el Owen.

 

La Plaza de Toros

La plaza taurina de León fue construida en 1844 y podía dar cabida a cerca de 6,000 espectadores (no queda rastro de aquella construcción que se localizó en donde ahora convergen las calles de Comonfort y Reforma). Aquel año de 1883 los leoneses presenciaron en él unas quince corridas regenteadas por Néstor Hernández, José Navarro, por Munguía y Segura. Esta plaza ofreció continuamente lidias de profesionales y aficionados. Se tenía la costumbre de “sacar a convite”; es decir, que las cuadrillas y la música recorrían las calles de la ciudad por la mañana del día concertado para la lidia.

Así debutó como aficionado Rodolfo Gaona, que se destacó de entre otro muchacho a quienes preparó el banderillero español “Ojitos” y por su particularidad llamaba de mujeres toreras en dos ocasiones por 1903. Otros espectáculos se presentaron en el local, como uno de lucha grecorromana en agosto de 1909.

 

La Plaza de Gallos

Las peleas de gallos fueron del gusto tradicional, seguramente muchas se jugaban de manera informal, pero en la época colonial, como espectáculo abierto, estaban reglamentadas por el Real Asiento y Plaza de Gallos que supervisaba un “Palenque o Patio de Gallos”, [10] en donde, por ejemplo en 1798 se concertaron 33 peleas a verificarse entre el 25 y 28 de diciembre.[11] Pero la plaza de gallos como local consagrado a la diversión popular se erigió en 1802 -actual calle de Juárez-.

En ella se presentaron toda clase de espectáculos, en uno de sus extremos se le adaptó un pequeño foro, el del Coligallo, donde se presentaban diversos espectáculos artísticos como óperas, operetas, comedias o sainetes y hasta can-can del gusto europeizante de aquella época. En él actuó Ángela Peralta por 1866; sin embargo, por su mal estado dejó de usarse en la década de los ochentas.

 

Teatro Doblado

Ante este inadecuado local de espectáculos de la Plaza de Gallos, los leoneses pensaron en la construcción de un buen teatro, lo que tramitaron en varias ocasiones hasta que se inició su construcción en diciembre de 1869, época de una gran inquietud cultural local. Finalmente, su estreno formal se dio en septiembre de 1880, cuando continuó su “[…] fecunda vida […] constituida por una riquísima tradición artística […] estudiantinas, cantatas, compañías infantiles de zarzuela, pianistas, compositores, poetas, dramaturgos, conferencistas, etc. También recibió con beneplácito la constitución de sociedades mutualistas, el reparto de pólizas de seguros, la entrega de premios, de medallas y listones de diferentes concursantes”. [12] Sin embargo, se prestó también, ya en el siglo XX y sobre todo en los azarosos años del movimiento revolucionario de 1910, para realizar actividades de participación multitudinaria como asambleas políticas; también se convirtió en 1916 en sala de cine, con pesadumbres de quienes gustaban de las obras de teatro. Entonces comenzó un período de deterioro de sus instalaciones originales.

 

La música. Su promoción desde lo académico

La música popular estuvo presente siempre, y como en ese siglo se formalizaron distintos tipos de enseñanza, surgieron entonces maestros de este arte y algunas academias, como la de Música y Pintura por el año de 1853; la del maestro Manuel Álvarez por los setentas, quien era contratado por el ayuntamiento leonés para preparar a grupos locales que se presentaban en los patios de la Casa Municipal y que, a fines de siglo, dirigió el maestro Francisco Barajas. La Academia Municipal de Música tenía un reglamento sancionado por el gobierno del estado; en ella se adiestraban los músicos de la Banda Municipal que desde 1886 y por treinta y seis años dirigió el maestro Juan Pineda; la Escuela de Música Sagrada comenzó a funcionar en junio de 1904 bajo la dirección del padre Secundino Briseño y en la década de los ochentas el maestro Estanislao Cortés pudo montar una orquesta sinfónica leonesa.

En los momentos a los que se les quería dar realce especial se procuraba que no faltaran números musicales: distribución de premios de escuelas; actos cívicos y conmemoraciones religiosas. El maestro Miguel Landín organizaba estudiantinas en el Colegio del Estado y la escuela secundaria. Las familias con mayores recursos económicos contrataban algunos de los profesores de piano como Esteban López, Jesús González Sánchez y José Yáñez, pues gustaban de mostrar las dotes artísticas entre su parentela en tertulias familiares, ahí se revelaron algunas voces privilegiadas que después actuaron profesionalmente como Virginia Galván, Antonia Ochoa de Miranda y Ángela Aranda. Las familias de apellido Guerra y López con entusiasmo participaban como artistas y cantactrices en celebraciones especiales en las que cabían recitales de ópera, sainetes, piezas musicales, etc. Incluso, hacia fines de siglo eran muy solicitadas las orquestas de Estanislao Cortés y de Daniel Sámano.

 

Las veladas literarias

Fueron también frecuentes entre gente para quien la lectura era un instrumento cultural, al que aún no tenía acceso la gran mayoría. Si en las artísticas participaba entusiastamente el sexo femenino, éste estuvo ausente en las de carácter literario, fueran las del Colegio del Estado o las que organizaban el seminario y el obispado, cada institución a través de sus propias academias, o las de algún pequeño grupo independiente. La presencia femenina en estas actividades fue posterior, en cambio, fue un elemento activo entre estos grupos letrados privilegiados fomentando el hábito de leer cuando en familia se daba lectura a textos religiosos o de aventuras y se compartía el desarrollo de novelas a la luz de las velas o de un quinqué.

La luz eléctrica -nos hace observar Toribio Esquivel Obregón en los apuntes que recuerdan la vida leonesa de aquella época-, afectó este tipo de reuniones, porque facilitó la dispersión de los grupos en los que antes se daba necesariamente una relación más estrecha. [13] Circulaba entre las mujeres leonesas algunas revistas femeninas como La Moda Elegante, El Correo de Ultramar y El Diario del Hogar, pues el gusto por la lectura era de influencia francesa.

La letra impresa tuvo un peso importante como vehículo de promoción y orientación de cambios, no solo modas sino modos de ver la vida, distribución, uso de espacio y aun de las posturas filosóficas que están detrás de las actitudes y valoración de las cosas.

 

Festejos de participación popular

Ciertamente había celebraciones de tradición colonial, la mayoría de ellas relacionadas con festividades religiosas, aunque durante la segunda mitad del siglo XIX fue cuando se definieron aquellas que refuerzan la identidad leonesa, como las de la Virgen de la Luz, nombrada patrona de la diócesis de León a partir de la erección de su templo en 1864. En esta época, también se ampliaron las actividades no propiamente religiosas en las fechas en las que se conmemoran los patronos de los barrios y algunas otras como las de la fiesta de San Juan Bautista, cuando el baño era obligado y se exponía cualquier distraído transeúnte a recibirlo inesperadamente. En esta fecha en San Miguel se jugaban carreras de caballos en las que los jinetes se disputaban una paloma que uno de ellos sostenía en la mano.[14] San Pedro de los Hernández, como otras comunidades vecinas, recibía a numerosos visitantes el día de la fiesta de su titular y les ofrecía generosamente mole, chocolate, baile y bastante licor.

 

Las conmemoraciones cívicas

La primera vez que se conmemoraron las fechas que se refieren a la Independencia de México fue por 1826, con estruendo de salvas, repique de campanas y fuegos artificiales. Estos acompañaban frecuentemente toda clase de fiestas; más adelante se incluyeron actos cívicos por parte de los alumnos de las escuelas y veladas artísticas literarias. También peleas de gallos, comidas para grupos selectos, etc. Este tipo de festejos se ampliaba también a las visitas de personajes importantes, aún en ocasión de algún cumpleaños de gobernador o para festejar triunfos militares.

El movimiento y trabajo que correspondía a los preparativos y ejecución de los festejos de diverso carácter se extendía a una gran población, pues también requerían de participación espontanea para engalanar el ambiente con música, festones, guirnaldas, luces, fuegos artificiales, etc.

El círculo leonés Mutualista fue una institución particular que desde 1901 fomentó actividades sociales y de recreación, de tipo artístico y literario. En sus instalaciones se acondicionaron espacios en los que se podían jugar boliche, billar, patinar y practicar la esgrima. Sabemos de un billar que en 1863 estaba ya instalado en una casa del centro.

 

Las ferias

Aunque se conmemoraba la festividad de San Sebastián como patrono de la ciudad el mismo día que recuerda la fecha de fundación de la villa leonesa en 1576, el incluir una feria comercial propia de León recibió el apoyo del Estado en 1826. Se celebró entonces en diciembre, pero hasta 1876 se realizó una con mucho entusiasmo incluyendo kermés, concurso, exposiciones y carros alegóricos. Regularmente en las fiestas tenían lugar carreras de caballos, corridas de toros y peleas de gallos; aunque destacaron las de 1885, 1886 y 1909; en 1912 hubo también una exposición de bellas artes; en la de 1914 una exposición industrial que no resultó muy atractiva hasta 1917. Realmente exitosa resultó la de 1923 por su organización y diversidad de actividades, principalmente por la exposición artesanal, comercial, industrial y cultural.

Al margen de los programas oficiales, las ferias y fiestas de barrio conllevaban vendimias y juegos diversos. Los juegos de apuestas estaban allí, con la venia del ayuntamiento al que pagaban una cuota, y a veces sin ella. Eran famosas las actividades de este tipo en la fiesta de Santiago a la que llegaban numerosos carcamaneros y talladores. Se jugaba ruleta, baraja, dados y lotería, bolitas, acertijos y albures, por supuesto después de la expectación y las esperanzas de ganar, mas eran los que perdían.

La baraja constituía un entrenamiento generalizado de añeja tradición, por algo la venta de naipes era controlada por la Corona española en el tiempo de vigencia de su gobierno. Hacia 1872 había en León dos fábricas de este artículo. Con frecuencia se pedía permiso para improvisar locales de juego de comercios ya establecidos y hasta en barracas improvisadas; entre los “no prohibidos por la ley” estaban el dominó y el conquián.

A medida que pudieron observarse en León las locomotoras, como productos del desarrollo de la técnica, su presencia sirvió de entrenamiento y diversión hasta implantarse definitivamente en la rutina de la vida local. La introducción del ferrocarril causó verdadera admiración y regocijo desde 1882 hasta 1897; un francés vendedor de bicicletas atraía la atención de mucha gente que se daba cita en el parque, cerca de los ojos de agua para ver sus demostraciones; también fue para los leoneses un festejo observar el paso de los primeros automóviles, de 1904 en adelante y las carreras de La Calzada a Trinidad por 1914; además, hubo oportunidad de admirar vuelos en aeroplano, hecho que concentró a mucha gente en diciembre de 1911 y en enero de 1912.

 

El deporte

Como una actividad regular y compartida se organizaron los primeros equipos de beisbol llanero que formaron la Liga Francia. Un Club de tiro y esgrima también se unificó en 1917, y por supuesto, el futbol motivó la consolidación del equipo Unión de Curtidores en 1923.

 

La charrería

Era una actividad tradicional, de origen obviamente campirano; el puente se debería de tender desde quienes estaban ya anclados en el espacio urbano por tradición familiar o trabajo. Para validar formalmente esta actividad se constituyó una Asociación Leonesa de Charros cerca de los veintes del presente siglo.

 

El cine

Llegó como innovación de fuerte atractivo popular. Las primeras exhibiciones de 1897 se hicieron en un saloncillo que, con el nombre de La Concordia, se improvisó en el Portal Bravo. Allí la firma de los Hermanos Becerril hizo correr las cintas cinematográficas en un aparato manual. Años más tarde, por1905, la fábrica de cigarros “El Buen Tono” exhibió documentales en la plaza principal; no se quedó atrás la propaganda de la “Tabacalera Mexicana” con las proyecciones que ofreció en 1907 en la Plaza de Gallos. El primer salón de cine, por 1913, el Elite, se situó en la calle de Honda. En 1916 el teatro Doblado fue acondicionado con butacas para hacer las veces de sala de cine, en 1914 se abrió el Salón París y en 1920 el Olimpia.

Un cambio se iba operando en el nuevo siglo y con el transcurrir de éste en las posibilidades de acoger a determinado tipo de actividades en espacios en los que se concentra cada vez más intensamente el fenómeno urbano y en las relaciones que permite establezca entre sí sus habitantes. Claramente, se vio afectado el tiempo para el entretenimiento como diversión en las crisis correspondientes a la época revolucionaria, como las de carácter político religioso de los veinte y treinta y la economía que se extendió por esas décadas, más aguda hacia fines de los veinte. Esa tuvo que sortear el establecimiento de la radio y las pocas manifestaciones de tipo artístico cultural que pudieron emerger del ambiente desconcertante de varias décadas.

 

Por: María de la Cruz Abarthe

 

Este artículo fue publicado por primera ocasión y extraído de: “100 años del cine en León, Ese Oscuro Objeto del Deseo”, Revista Andanzas, No. 10, Departamento de Ciencias del Hombre, otoño 1995 - primavera 1996, pp. 6-10.

 

Para saber más:

·          Archivo Histórico Municipal de León

·          Campos, Rubén. “Resurgimiento de León en la primavera de 1890”, en: Pro-Cátedra, Año II, No. 30, 20 de enero de 1941.

·          Chabrand, Emile. Des Barcelonnette au Mexique, Inde, Biranie, Chiene, Japón, Eats Unis. E. Plon Nourrit y Cie., 1892.

·          Esquivel Obregón, Toribio. Recordatorios públicos y privados. León 1864-1909, UIA, México, 1992.

·          García Saavedra, José. “Apuntes geográficos y estadísticos de la ciudad de León”, en: León en 1972, Edición facsimilar, Ed Minerva Pleath, León, 1985.

·          González Leal, Mariano. Rondas infantiles, Ediciones del Gobierno del Estado de Guanajuato, México, 1990.

·          Lira, Sóstenes. Efemérides de la ciudad de León, 2da. ed. Imp de J. M. Rivera, León, 1914.

·          Nieto, Ascencio, P. Historia de Congregación en México (1844-1884), Madrid, 1920.

·          Pöhls y R.G., Federico. Añoranzas y recuerdos de León. Talleres de Digorazo, Puebla, s.a.

·          Revista Artes de México

·          Reyes, Rosa Ma. y Jesús Zamora. “Escritura para jugar 33 gallos”, en: Tiempos, No. 14, enero-febrero, 1993, pp.14-16.

·          Salceda López, Eduardo. “Historia del Teatro Doblado”, en: Teatro Doblado, Ediciones del Gobierno del Estado de Guanajuato, México, 1979.

 

 



[1] González Leal, Mariano. Rondas infantiles, 1990.

[2] Revista Artes de México.

[3] Lira, Sóstenes. Efemérides de la ciudad de León, 1914, p. 95.

[4] Nieto, Ascencio, P. Historia de Congregación en México (1844-1884), 1920, pp. 160-161.

[5] García Saavedra, José. “Apuntes geográficos y estadísticos de la ciudad de León”, en: León en 1972, 1985, pp. 17-18.

[6] Pöhls y R.G., Federico. Añoranzas y recuerdos de León, s.a., pp. 53-66.

[7] Esquivel Obregón, Toribio. Recordatorios públicos y privados. León 1864-1909, 1992, pp. 242-254.

[8] Campos, Rubén. “Resurgimiento de León en la primavera de 1890”, en: Pro-Cátedra, Año II, No. 30, 20 de enero de 1941.

[9] Archivo Histórico Municipal de León, Fondo: A, Sección: Tesorería, 1883.

[10] Reyes, Rosa Ma. y Jesús Zamora. “Escritura para jugar 33 gallos”, en: Tiempos, No. 14, enero-febrero, 1993, pp.14-16.

[11] Ídem.

[12] Salceda López, Eduardo. “Historia del Teatro Doblado”, en: Teatro Doblado, 1979, p.93.

[13] Esquivel Obregón, Toribio. Recordatorios públicos y privados. León 1864-1909, 1992, p.80.

[14] Chabrand, Emile. Des Barcelonnette au Mexique, Inde, Biranie, Chiene, Japón, Eats Unis. E. Plon Nourrit y Cie., 1892, pp. 427-428.

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