El Objeto; su ser y quehacer en el museo

Introducción

 

Los museos en general surgen con el coleccionismo, una práctica común a todos los tiempos y a todas las culturas, perpetrada por grupos reducidos e implementada con el afán de poseer objetos admirados o de prestigio. Esta actividad en sus inicios no cumplía con los requerimientos para la protección, investigación y difusión de las colecciones, únicamente se manifestaba en la elite de la sociedad con la finalidad de divulgación del conocimiento a modo de espectáculo, inicialmente presentados como tesoros pertenecientes la gran burguesía culta, posteriormente denominados: “gabinetes de curiosidades”.

Durante el siglo XIX en México el coleccionismo desarrolló un auge considerable debido a que se pensaba como un símbolo de estabilidad financiera, política y cultural, no obstante, hubo otros momentos importantes en la historia del país para el coleccionismo; por ejemplo, el periodo del liberalismo y la posrevolución, donde se generaron las condiciones políticas y sociales apropiadas para consolidar enormes acervos compuestos por diversas disciplinas científicas que posteriormente dieron cabida a  la creación de museos institucionales abiertos al público.

 

Durante el transcurso de la aparente estabilidad que trajo la posrevolución al país, el creciente apogeo en el mundo del arte y la cultura aceleraba la inquietud de los coleccionistas y otros sectores sociales preocupados por las disposiciones del patrimonio. Iba vislumbrándose entonces, en medio de la clásica concepción del museo como espacio de contemplación y deleite, una visión más compleja de lo que podía realizarse mediante estas instituciones para permitir su aprovechamiento como centros de aprendizaje y educación al público mediante un discurso. Los museos comenzaron a reconocer como su principal objetivo la interpretación y difusión del patrimonio que almacenaban mediante lazos de comunicación social que propiciaron un importante número de instituciones culturales.

 

Durante la primera década del siglo XX, el Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes de México, Justo Sierra, expresó entonces la importancia del compromiso que los gobiernos mexicanos debían adquirir para crear nuevos recintos educativos e instituciones culturales dedicadas a la promoción de la gran diversidad del país. Sin embargo, fue hasta la segunda mitad del siglo XX que finalmente se vieron aplicadas dichas políticas, en gran parte, gracias a las acciones de Juan Torres Bodet debido a que esencialmente fue él quien posibilitó la creación del Plan Nacional de Museos durante su mandato como Secretario de Educación Pública, en el sexenio de Adolfo López Mateos.

 

Pese a que el término: “educación” no era uno de los conceptos usados en la definición inicial de museo aplicado para México, difundida en el año de 1946, se empleó en enunciaciones posteriores favoreciendo de esta manera un cambio trascendental en el devenir de la pedagogía museística, actualmente contemplada como uno de los campos con mayor importancia dentro del ámbito educativo no formal.

 

Así fue progresando hasta convertirse en una institución con fines sociales muy específicos, no obstante y a pesar de su función social tan importante, el museo no ha conseguido modificar su imagen por completo en mundo moderno debido a que es palpable que aún en nuestros días conserva su concepción tradicional-decimonónica, pues a pesar de los esfuerzos realizados por la amplia gama de instituciones existentes en el país, la visita a los museos sigue siendo percibida como una práctica ocasional, y para muchos otros, una experiencia desconocida. No obstante, es preciso preguntarse, ¿para qué continuar con la consolidación de estas instituciones?

 

¿Para qué el museo?

 

Los museos, junto a las bibliotecas y los archivos históricos, comparten un importante cometido respecto a su labor social debido a que son los custodios de todos aquellos testimonios de las actividades realizadas por el hombre a través de su historia. Mediante la exposición en las salas permanentes y temporales, el museo presenta a sus visitantes los vestigios de diversas culturas que históricamente han desarrollado acciones de fundamental importancia en el desarrollo cultural del mundo moderno; razón por la que quizá el papel en la misión de conservación y difusión en estos recintos sea más amplio que el de las bibliotecas y archivos para conocer la historia de la actividad creadora humana desde sus orígenes, pues en realidad, la cultura es un ente viviente que no puede ser conservado por sí mismo.

 

Como todo proceso evolutivo en las instituciones, los museos han ido desarrollando diferentes y muy interesantes procesos para convertirse en instituciones dedicadas al estudio e investigación de conocimientos y conceptos certeros, para lograr que sus diversas muestras en exposición logren ser comprendidas y valoradas en su contexto social; es decir, para fungir como recurso útil de educación no formal capaz de mostrar y ejemplificar ideas, superando así aquellos recintos dedicados a la recolección de piezas con determinado valor patrimonial y monetario que exhiben piezas a modo de mausoleos de la historia.

Una institución de la índole de un museo, debe vislumbrar como principal objetivo convertirse en un instrumento de apoyo para la formación pedagógica-intelectual del ciudadano, pues a través de estos es posible el fortalecimiento de una identidad cultural. La importancia que tiene el museo como instrumento de difusión y conocimiento para la sociedad en general, lo obliga a fortalecer sus lazos de comunicación con el público para de esta forma lograr una correcta utilización del patrimonio. A través de una línea de comunicación bien establecida con el visitante es posible generar valiosas propuestas para la apreciación y comprensión del pasado, situación que coadyuva en la forja de un sentimiento de identificación para el disfrute del conocimiento y entendimiento de nuestra historicidad, produciendo así un grato intercambio entre la institución y la sociedad.

 

La visita a los museos produce en el visitante la creación de posibles nuevos vínculos e intereses que van transformando continuamente el significado social de la exposición. Mediante la experiencia cultural vivida en el ensamble de lenguajes o reencuentro con mostros mismos que resulta la exposición, es posible coadyuvar con la formación cívica del visitante y la promoción de la participación activa en el cuidado, respeto y protección de aquello que nos pertenece a todos y se conforma como un elemento importante en la construcción de una identidad cohesionada. Este constante intercambio de información y resignificación a partir de una estructura comunicación para la transmisión del origen y significado de diversas prácticas culturales, es aprovechada por el visitante como antecedente para la construcción de nuevos símbolos patrimoniales que comienzan a fraguarse desde el primer momento que se integran al discurso museológico y museográfico del museo.

 

La llegada de los objetos a los museos.

 

Esta parte se traduce en una puesta en escena sustentada en el objeto, pues mucho se ha discutido sobre la preponderancia del mismo para la correcta transmisión del mensaje que se pretende alcanzar, es decir, de la labor divulgativa que se instituye en una pieza. Los objetos sufren procesos de continua re-significación durante su existencia, por ejemplo: en un primer momento el objeto creado por una cultura responde a cierta utilidad, posteriormente y debido a diversos factores como el intercambio comercial, préstamo cultural y colonización, entre otros, la pieza toma un nuevo uso y significado en relación al ente que se apropia de ella.

 

Para que el objeto sea exhibido en el museo, se realiza una investigación previa como parte del trabajo de clasificación, quedando la pieza integrada al acervo permanentemente o en calidad de préstamo. En este último caso se lleva a cabo un proceso de identificación donde se recaban diferentes datos en torno al coleccionista: procedencia del objeto, a quien perteneció, cómo fue encontrado, en qué condiciones se encontró, la función que tenía y, con base a la información proporcionada, se elabora una ficha técnica individual en la que se incluyen todos los datos propios de la pieza: tamaño, materiales, tipo de objeto, edad, estado de conservación y fotografías; información útil para identificar un vestigio entre varios del mismo tipo; por ejemplo libros o billetes, esto además de los datos técnicos e históricos que se puedan obtener a partir de la investigación.

 

Cada uno de los objetos que integraran la colección pasa por un dictamen para garantizar su conservación y uso por parte de la comunidad, otorgándole una protección legal y un estatuto privilegiado, esto en relación a la finalidad de distinguirlo por su valor histórico, cultural o estético.

 

Estabilización y  almacenamiento

El bien registrado exige cuidados complejos y costosos para preservar su integridad física. El objeto se estabiliza mediante conservación preventiva, que consiste primeramente en darle limpieza, realizando un previo análisis para aplicarle los cuidados necesarios según sus propiedades, y que a su vez es preciso para poder ser integrado al acervo que se encuentra en bodega, evitando de esta manera la posible contaminación de los demás objetos. De ser requerido, se les aplican procesos de conservación-restauración, integrándose en lugares específicos que dictan las mismas condiciones del objeto, concentrándolo en áreas definidas y separadas entre sí para facilitar su localización y conservación; por ejemplo:  metales,  textiles, cerámica, etc.

 

Exhibición

 

Para que los objetos sean exhibidos, es necesario contar con un equipo de especialistas que participan en la investigación histórica, en la que se decide si el objeto es útil para ser mostrado, contemplando la concordancia que tiene la pieza con el tema que se quiere presentar en cada exposición. Una vez decidida lo anterior, se elabora una cédula informativa del objeto en la que brevemente se explican sus características y relación con el tema correspondiente. A continuación, se lleva a cabo su preparación física, donde con limpieza, restauración o aplicación de alguna protección, como pueden ser barnices o esmaltes, se garantiza su preservación. El espacio donde será colocado el vestigio, debe contar con ciertos elementos para poder ser apreciado con las debidas precauciones. Los soportes en los cuales se montan las piezas deben estar bien preparados para poder mostrar los detalles o características que se han planteado tanto estética como históricamente; el entorno de la pieza debe contar con una buena iluminación para su apreciación, así como las respectivas condiciones de seguridad para que la pieza no sufra desgaste, accidentes  o deterioro por actos vandálicos.

 

Reconocimiento del público

 

Todos los procesos antes mencionados se realizan con el objeto de que el visitante del museo pueda conocer estos fragmentos de nuestra historia, llevándose consigo el conocimiento. No obstante, hay personas que llegan a tener una relación más cercana con los vestigios exhibidos, esto sucede a través de la aportación de nuevas y valiosas contribuciones en relación a la colección exhibida o alguna pieza en particular, permitiendo la retroalimentación sobre los diversos temas de las exposiciones.

 

De igual manera, el vestigio está sujeto a nuevas re-significaciones atribuidas por el público en los museos, esto de acuerdo con sus experiencias y conocimiento previos; dándose así, un proceso de negociación de interpretaciones posibles entre los organizadores de la exposición (el museo) y su público. Pero, ¿qué posibilidades de interpretación tienen el público de los museos sobre los usos y funciones de una figurilla prehispánica? El significado o los significados, así como su comprensión y valoración no están sólo en el objeto, sino también en la construcción social que el público realiza mediante la interacción con el objeto.

 

Para saber más:

·   Abraham Jalil, Bertha Teresa. “Museos y democracia. Los museos como espacios de experiencias comunitarias”, en: Contribuciones desde Coatepec, Universidad Autónoma del Estado de México, Toluca, México, núm. 14, enero-junio, 2008, pp. 119-159.

·   Fernández, Luis Alonso. Museología y museografía, Ediciones del Serbal, Madrid, España, 1999.

·   Florescano, Enrique. El Patrimonio Cultual de México, Fondo de cultura Económica, México, 1993.

·   Galindo C. Luis Adrián. “Museos, saberes y diversidad cultural” en: Boletín Antropológico, Universidad de los Andes, Mérida Venezuela, vol. 22, núm. 62, septiembre-diciembre, 2004, pp. 369-404.

·   García Canclini, Néstor (Ed.). Políticas Culturales en América Latina, Editorial Grijalbo, S.A., Segunda Edición, México, 1987.

·   Garduño, Ana. “El Coleccionismo decimonónico y el Museo Nacional de San Carlos” en: Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, Instituto de Investigaciones Estéticas, Distrito Federal, México, vol. XXX, núm. 93, 2008, pp. 199-212.

·   Garré, Fabián. “Patrimonio arquitectónico urbano, preservación y rescate: bases conceptuales e instrumentos de salvaguarda”, en: Conserva, Núm.5, 2001, pp. 5-21.

·   León, Aurora. El museo. Teoría, praxis y utopía, Ediciones Cátedra,Octava edición, Madrid, 2010.

·   Luna Ruíz, Juan. “El museo, su público y la ciudad patrimonial” en: Acta Universitaria, Universidad de Guanajuato, México, vol. 19, núm. 2, mayo-agosto, 2009, pp. 50-59.

·   Morales Moreno, Luis Gerardo. “La escrita-objeto en los museos de historia”, en: Revista Internacional de Conservación, Restauración y Museología, Escuela Nacional de Antropología e Historia, México, vol. 1, núm. 1, enero-junio, 2010, pp.30-38.

·   Ruffer, Mario. “La exhibición del otro: tradición, memoria y colonialidad en museos de México” en: Antíteses, Universidad Estadual de Londrina, Londrina, Brasil,  vol. 7, núm. 14, julio-diciembre, 2014, pp. 94-120.

·   Zabala, Mariela Eleonora. “Reflexiones teóricas sobre patrimonio educación y museos”, en: Revista de Teoría y Didáctica de las Ciencias Sociales, Universidad de los Andes, Venezuela, núm. 11, enero-diciembre, 2006, pp.233-261.

 

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